En la historia de Nayarit hay relatos que merecen ser rescatados del polvo de los archivos. Uno de los más curiosos es el de Mr. A.L. Nolf, un químico norteamericano que en 1894 llegó a nuestra capital tras una travesía «magullada» desde el puerto de San Blas.
De la diligencia al paraíso tropical
Nolf venía de sobrevivir al calor sofocante y a los implacables jejenes de la costa. Sin embargo, al poner un pie en el entonces Territorio de Tepic, sus impresiones —publicadas originalmente en el periódico El Nacional de la CDMX— revelan que el encanto de la ciudad fue inmediato.
Lo que cautivó a Nolf:
- La Alameda: Un espacio que describió como grande, limpio y rebosante de flores tropicales.
- La Plaza Principal: Le llamó la atención el cuidado de los árboles, recortados en forma de cúpulas, y la elegancia de la iglesia.
- El Hotel de la Bola de Oro: Más que el lujo de los grandes hoteles de Chicago o París, el químico quedó fascinado con los corredores exteriores y las arcadas de estilo español que invitaban al descanso absoluto.
Un Tepic con estilo propio
Con un toque de ironía, el viajero sentenció que prefería la paz de los portales tepiqueños antes que la ostentación de las metrópolis del mundo. Este relato, rescatado por el cronista Pedro López González, nos recuerda que Tepic siempre ha tenido ese «no sé qué» que hace que el visitante quiera quedarse.No te pierdas nuestra siguiente entrega, donde exploraremos la sorpresa que se llevó Mr. Nolf al visitar la fábrica de La Escondida.





